Céline Fercovic ~ No duele tanto


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Para mí, las piedras o las bolsas plásticas que encuentro son una misma cosa: sólo sirven para expresar una proposición.

Lygia Clark.[1]

En las costas del norte, ya en pleno desierto, hay un pequeño parque de rocas plutónicas protegido por un señor de aproximadamente un metro veinte de alto: don Hipólito de la O. Hace poco Hipólito se fue, y los escasos visitantes del parque y las contadas señoras con las que conversaba en el pueblo cuando iba hacer las compras, comenzaron a especular sobre su partida, o sea, empezaron a inventar todo tipo de cuentos. Cahuines al fin y al cabo, que iban desde narraciones fantásticas a inmorales mentiras y que no le hicieron el más mínimo honor a su protagonista. Una de las versiones más realistas cuenta que fue convertido en piedra por una joven escultora[2] que pasó días investigando las extrañas formas dibujadas en la superficie de estas “rocas con ojos”, dicen que la mujer en realidad era un monstruo con tentáculos en la cabeza, se movía lento de piedra en piedra, miraba el mar, hacía dibujos, y que, a excepción de don Hipólito, nadie nunca le vio la cara. Quién sabe. Si es cierto para ellos, es cierto de alguna manera. De todos modos, aunque esa no sea la historia verdadera mantiene relación con el rasgo fundamental de su partida.

 

 

 

En primer lugar Hipólito de la O llegó a cuidar las rocas porque estaba cansado de hablar con la gente, estaba harto de explicar por qué no tenía sed, por qué no tenía hambre. Había dejado atrás las noches de comedia en el puerto donde anteriormente buscaba argumentos para aferrarse. No siguió tolerando las risas de sus amigos, le irritaba el aliento a cerveza y se había convencido de que su posición desafectada de la vida era más auténtica y válida que los sentimentalismos eufóricos de sus vecinos.

Al principio las piedras representaba para él lo más concreto, simple y eterno de la naturaleza, la unión de sedimentos preciosos. Pensó que estando cerca de sus mudas compañeras se libraría de las responsabilidades sociales y se realizaría su deseo de consolidación personal. Hipólito de la O quería pertenecer a las piedras tanto como Clarice Lispector quiso pertenecer a algo más: “quiero pertenecer para que mi fuerza no sea inútil y haga más fuerte a una persona o a una cosa”[3]. La fuerza de Hipólito, completamente destinada a sus rocas, acrecentaba la espectacularidad del paisaje pedregoso que diariamente protegía. Él tenía claro que había perdido el interés por las personas, era mejor pensar, dialogar con objetos, sin melodramas, sin complicaciones. Durante sus años en el parque cambió su aspecto físico, su cuerpo se achicó y su piel se endureció por el constante efecto del sol sobre sus hombros. Así se fue transformando en una leyenda para los visitantes del parque e incluso para las autoridades que lo mantenían ahí, felices de su silencio y lealtad.

Y finalmente esa fue la razón de su retiro. Viéndose a si mismo como un sujeto graficable, plano, fácil de describir en tres palabras. Un cliché del ermitaño que corta colas de lagartijas durante el día y pasa el resto de la semana midiendo su regeneración. Su inconformismo se acentúo el día en que treinta y tres tipos se bajaron de dos camiones para llevarse las piedras más elevadas del parque. ¿Qué iba a ser?, los tipos tenían permisos firmados para desenterrar sea como sea las rocas más bonitas del lugar.

El objetivo, como decía la carta que mostraron a Hipólito, era “extraer las piezas más representativas de este inusual fenómeno natural para exhibirlas en museos, hoteles y usarlas como plintos de importantes monumentos”. Hipólito pensó que tarde o temprano sus rocas se convertirían en polvo, que el oleaje del mar puliría todos los granitos hasta hacerlos desaparecer por completo. Perdió nuevamente el entusiasmo. Otra vez se quebró, sintió las grietas de su piel sangrando, abiertas de rabia, pensó que su tórax sufriría una fractura expuesta, que su cuerpo drenaría por sus pies y su deseo de unión quedaría inconcluso. No le dolió tanto. Pasaron cinco días y se fue.

   Cuento dedicado a la obra de Rocío Guerrero, especialmente al deseo de unión que persiste en su trabajo.
Las imágenes que acompañan el texto incluyen frases de Rocío Guerrero y fueron diseñadas por Isidora Gilardi.

 

 

[1] Cartas enviadas a Hélio Oiticica, 26 oct.,1968.

[2] La referencia es a la instalación Piezas Orbiculares (Orbicular Pieces) de la artista Elizabeth Burmann. Las obras fueron realizadas en el marco de la exposición colectiva Los Cimientos, los Pilares, y el Firmamento (2017) curada por Àngels Miralda en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile (MAC).

[3] Clarice Lispector, La soledad de no pertenecer. Publicado en nuestra sección de ensayos.

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